¿Dos mujeres solas? ¿En Asia? ¿Durante un mes? Después de superar todos esos prejuicios (incluyendo también los que nosotras mismas teníamos), compramos los billetes y el  28 de Julio empezó nuestra gran aventura. Pisamos Asia por primera vez y recorrimos Indonesia durante un mes. Un mes que, más que un viaje, iba a ser una lección de vida, una experiencia que viviríamos intensamente, nos enseñaría cosas que desconocíamos sobre nosotras mismas  y nos permitiría apreciar las pequeñas cosas que tenemos y que nos esperaban a la vuelta.

Cuando bajamos del avión en Yakarta, después de un largo vuelo de 11 horas y una escala en Istambul, nos dimos cuenta de que en los próximos 30 días íbamos a conocer un mundo completamente diferente al nuestro: los olores eran nuevos, el ruido era nuevo, el calor sofocante que llevaríamos impregnado en la piel era nuevo.

Java nos regaló uno de los mejores amaneceres que hemos vivido nunca. El día anterior no habíamos cenado, llegamos tarde al hotel y no había nada abierto. Nuestra habitación no era precisamente de lujo, hacía frío, y el lavabo no apelaba precisamente a querer darse un baño. Nos fuimos a dormir con apenas un par de galletas en el estómago y con las chaquetas puestas. A las 3 de la mañana, nos despertamos y nos subimos en la furgoneta que nos llevaría hasta los miradores de volcán Bromo. Pasamos aproximadamente una hora desesperadas por buscar el mejor sitio. Pero la oscuridad nos impedía saber por dónde iba a salir el sol o dónde estaba el volcán. Finalmente, elegimos un sitio poco concurrido y esperamos abrazadas para paliar el frío hasta la llegada del sol. Y de repente, se hizo la luz. Sí, suena muy bíblico para una atea como yo. Pero fue así. De la oscuridad más absoluta, apareció en el horizonte una luz que iluminó la escena, produciendo una gran ovación entre todos los turistas que estábamos allí. La luz fue aumentando y nos movimos de nuestro sitio inicial para ver mejor el volcán. Era la primera vez que lo veíamos y nos dimos cuenta de que las fotografías no le hacen justicia.

Amanecer en Bromo
Amanecer en Bromo

Poco después, volvimos a nuestra furgoneta, que nos llevó a la base del volcán. Una vez allí, después de pasar por un mar de arena y toser alguna que otra vez por su causa, subimos hasta el cráter. ¿Sabéis esa sensación de sentirte completamente insignificante ante algo de mucha magnitud? Eso nos pasó a nosotras cuando vimos el humeante cráter del Bromo, cuando olimos los sulfitos tan característicos y cuando lo escuchamos rugir. Jamás nos habíamos sentido tan pequeñas, pero tan grandes a la vez.

No vamos a mentir, en un viaje no todo es perfecto ni estamos felices y contentos todo el día. Hay puntos de inflexión que nos hacen sentir dudas y algo de frustración. Para nosotras, ese momento llegó con un terrible terremoto que azotó Lombok. Teníamos un vuelo a esa isla el día siguiente. Fuimos muy conscientes de la suerte que tuvimos de no estar allí y pese a las dudas, la incertidumbre de no saber qué hacer, aprendimos que todo tiene solución y que el nuestro era un problema menor. Cambiamos nuestro vuelo de destino y nos fuimos a conocer la que para nosotras se convirtió en la zona más bonita de Bali: el norte y munduk. Fuimos para evitar el desastre que había provocado el terremoto y nos encontramos con un lugar en el que poder sentir paz.

Munduk nos regaló un lugar alejado de turistas, en el que alquilamos la primera moto que conducimos en nuestra vida y recorrimos cascadas y miradores de los que nos enamoramos profundamente. En el hotel, conocimos a Mimi, una mujer indonesia encantadora que nos enseñó muchas cosas sobre la cultura y el idioma de Bali. También nos dio indicaciones a los arrozales donde trabajaba su familia. No dudamos en ir y nos encontramos con un pueblo en el que éramos las únicas turistas, donde todo el mundo nos miraba con curiosidad y pudimos visitar unos arrozales auténticos, alejados de los turistas que se acumulan en Tegalalang y hacen cola para hacerse una foto en los columpios. Allí solo había niños que nos saludaban desde lejos, pero no se atrevían a acercarse; mujeres que nos miraban sonriendo y se paraban a preguntarnos por nuestro origen, aunque prácticamente no nos entendiéramos. Es cierto que la sonrisa es el lenguaje universal.

Arrozales  Bolangan
Arrozales  Bolangan

Si en Munduk sentimos paz, en Nusa Penida descubrimos lo que era sentir la verdadera libertad. Esta isla nos regaló acantilados de infarto y playas paradisíacas, de esas que tanto habíamos visto en las películas. Alquilamos una moto para recorrer la isla a nuestro aire y fue la mejor decisión que pudimos tomar. Sentir que podíamos ir donde quisiéramos, cuando quisiéramos y parar en mitad del camino a contemplar algo que nos llamaba la atención le dio un nuevo significado a la expresión “ser libre”.

Alrededores de Atuh beach en Nusa Penida
Alrededores de Atuh beach en Nusa Penida

El día que cogimos el avión de vuelta a Indonesia nos llevamos con nosotras muchos sentimientos difíciles de describir. Pero una cosa teníamos clara: el mundo es muy grande. En un mes solo habíamos visto una pequeña parte del país, pero nos dimos cuenta de que contar países no es lo importante. Lo importante es todos esos momentos que nos han dejado con la boca abierta, esa primera mantaraya que nunca olvidaremos, ese sentimiento de estar a las orillas de los lagos gemelos, respirar hondo y pensar y pensar: sí, aquí es donde debo estar.

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